La vocación de sufrir....
La vocación de sufrir:
El masoquismo de las chilenas
Son esposas capaces de perdonarlo todo, madres demasiado abnegadas y en el trabajo cierran la oficina y apagan la luz. En Chile, la mayoría de las mujeres tienen algún rasgo masoquista de personalidad, se dijo en el reciente seminario de la Sociedad Chilena de Salud Mental. Lo peor es que sienten que ellas se merecen todo lo que viven. Como muchas veces terminan con depresión, llegan a la consulta... y boicotean la terapia: están acostumbradas a vivir en el lado oscuro y sufriente de la vida.
Con excepción de las bonaerenses, poseedoras de un yo grandioso y una gran capacidad de entretención, los rasgos masoquistas de personalidad se dan con bastante frecuencia entre las latinoamericanas, incluyendo a las chilenas".
Estas palabras sorprendieron a la audiencia, fundamentalmente a la femenina, que asistió a un seminario de la Sociedad Chilena de Salud Mental, realizado hace pocas semanas. Y quien las dijo fue el Past-president de la entidad, Raúl Riquelme, siquiatra, sicoanalista y profesor de las universidades de Chile y Andrés Bello. Y tenían su intención. "Es bueno, dijo, que las mujeres aprendan a reconocer estas tendencias y así puedan contrarrestarlas, porque son dañinas para ellas y su entorno". Días después, entrevistado en su oficina, se explayó sobre el tema. "Todos tenemos algún rasgo de masoquismo en nuestra personalidad, una cierta búsqueda del sufrimiento y eso es normal, pero en algunas personas, sobre todo en las mujeres, esto se da en forma más marcada. Viven sufriendo por los demás, sacrificando sus propios intereses y necesidades. Yo lo he visto con frecuencia durante mi práctica clínica, tanto en Chile como en otros países de América Latina, y cruza todos los niveles socioeconómicos. Lo sé porque trabajo con pacientes de bajos recursos en el Hospital Siquiátrico, donde dirijo el Sector 4 y el Programa de Trastornos de Personalidad y en mi consulta privada del barrio alto".
Estas mujeres se dedican en cuerpo y alma a los demás, lo que podría ser una virtud, pero lo hacen de una manera masoquista, es decir, sin esperar gratificaciones de ninguna especie. De ahí que muchas veces se dejan abusar o explotar por los demás. "Las más graves, incluso, permiten y hasta buscan que las agredan, humillen y ultrajen; inconscientemente lo que persiguen es atención y afecto transformándose en víctimas".
Dentro de este grupo tan propenso al sufrimiento el panorama es amplio. Están las mujeres normales que presentan algunos rasgos masoquistas; las depresivas masoquistas y las que padecen del trastorno masoquista de la personalidad, en la que estos rasgos predominan en su vida. Afortunadamente los dos últimos casos, los más patológicos, son una minoría en esta gama.
El problema arranca de la infancia. Fueron niñas que no se sintieron lo suficientemente queridas por sus padres o de frentón agredidas sicológica, física o sexualmente. "De adultas, aceptan sin chistar las desatenciones del marido o su franco maltrato y en la oficina, la explotación de sus jefes. Detrás de todo eso está el sentimiento de que ellas se merecen ser tratadas así y el tema de las culpas está siempre presente".
Cuesta, sin embargo, imaginar que hoy todavía existan mujeres con estos rasgos, en especial entre las que tienen más libertades, se han incorporado al trabajo e incluso están alcanzando altos puestos. Según el médico a pesar de todo, existen y lo que las diferencia de las que tienen menos recursos y educación es que tienen más posibilidades de tratarse y salir de este modelo de funcionamiento. "Pero que las hay, las hay. Muchas son profesionales exitosas que mantienen al lado a un esposo haragán que tiene un trabajo malo o simplemente no trabaja, profitando de los ingresos de ella. También se observa en las que encontraron a su media naranja en un hombre narcisista, que vive como centro de mesa, atendido por esta esposa que lo idolatra y le tolera todo. Increíble, considerando que la mayoría de estas mujeres sexualmente lo pasa mal, no tiene orgasmos, a veces se niega a las relaciones como una forma indirecta de castigo a su pareja, o acepta prácticas que detesta".
Antonio Menchaca, jefe de la Unidad de Trastornos de la Personalidad del Instituto Siquiátrico de Chile, concuerda con el doctor Riquelme en que estos rasgos se dan más en la población femenina. "En muchos casos se trata de madres abnegadas y queridas, pero si no modulan bien su problema, su postura de víctima permanente genera mucha rabia en los demás".
También piensa que influye la cultura, que ve al género femenino como más sacrificado. "Y aunque posponer los propios deseos en pos del ser amado forma parte del amor, cuando la mujer llega al extremo de sacrificar el propio desarrollo ya es patológico", dice. Otro factor que pesa es el rol de madre. "El tener y criar a los hijos hace que ellas estén más preparadas que los hombres para ponerse al servicio de los demás; por desgracia, esta característica, intrínsecamente biológica, puede hacerlas caer en el masoquismo".
Ellas, agrega el médico, encarnan el ideal cultural que se tiene de la madre, la que lo da todo por sus niños, que está ahí contra viento y marea, aunque el hijo sea un asesino o un enfermo mental grave, abandonado por el padre y sus hermanos. "Y está bien que sea así, pero otra vez, sin llegar a lo patológico".
Según el siquiatra Raúl Riquelme, el que aún se den tantos rasgos masoquistas de personalidad en la población femenina latinoamericana radica en que en nuestra sociedad aún perduran elementos que inducen a estar siempre a disposición de los demás. "Es verdad que sacrificarse por los otros es útil como valor y nos permite ser solidarios, pero llevado al extremo se transforma en una patología. Y en esto las mujeres son mucho más proclives, porque es lo que siempre se espera de ellas".
El doctor Riquelme advierte que estas mujeres perjudican a toda la famila. "Con frecuencia estas mamás son exigentes con las niñitas; les enseñan a ser como ellas, mientras regalonean en exceso a sus hijos hombres, lo que puede convertirlos en futuros explotadores".
sacrificio y sometimiento
Reconocidas entre sus amigas por su buena onda, las que están a todo servicio en fiestas y reuniones, en su casa están tan acostumbradas al sometimiento y el sacrificio, que si el marido no es abusador, hasta lo inducen a serlo, impidiéndole que les colabore en la casa. Además, muchas se casan con hombres alcohólicos y si se separan, vuelven a emparejarse con otro alcohólico. "Fomes en la cama, también soportan sin reclamos las infidelidades conyugales", detecta el médico Antonio Menchaca.
Lo principal del masoquismo, resalta, es que si se somete a terapia, lo que pasa con mucha frecuencia, esta paciente la abandona cuando está mejorando, porque no soporta sentirse mejor. Se queja de la vida y del marido, pero no quiere aceptar que es ella la que debe cambiar".
Aunque nunca se puede generalizar en los casos, hay características que se repiten en estas mujeres. "Llegan quejándose porque un hombre las dejó y uno se sorprende porque después de escucharlas un rato, resulta que el personaje estaba muy lejos de ser gratificante para ella, la engañaba y la trataba pésimo. Y son relaciones que ha vivido anteriormente: Puchas yo siempre tengo mala suerte, mal ojo o me tocan tipos malvados. O sea, la agresión la dejan puesta afuera: está el malo de la película del que ella es su víctima", sostiene la siquiatra Mariana González, que trabaja en el Programa de Trastorno de la Personalidad en el Hospital Siquiátrico.
Una situación, sostiene la doctora, que habitualmente se repite en la historia de estas mujeres, a partir de las etapas tempranas "en que le fueron introyectando patrones similares". Pero tener rasgos masoquistas también encierra sorpresas, según el doctor Antonio Menchaca. "Porque esa quejumbrosa crónica, tan pesimista como Tristón, el personaje de Leoncio y Tristón, explota cada cierto tiempo, dejando la grande: abandona a ese marido que nunca fue informado de que ella odiaba que nunca le ayudara con los niños". O renuncia al trabajo repentinamente. ¿Por qué pasó esto si era tan buena profesional y estuvo tanto tiempo conmigo?, se sorprende el jefe, que siempre ignoró que a ella le cargaba quedarse hasta tarde en la oficina. Lo que pasa después es un clásico: la descontrolada vuelve al redil arrepentida de su agresividad... y nuevamente es sometida.
En la oficina, este tipo de mujer se siente más culpable que el resto de la mamás por dejar a sus niños en otras manos, lo que puede provocar su fracaso laboral. "Las que logran manejar estos sentimientos se convierten en trabajadoras fantásticas, las que muchos jefes quisieran. Y si son explotadas, no protestan: piensan que así debe ser".
Como son muy eficientes, aunque por lo general se autoboicotean el ascenso a puestos más altos, algunas se transforman en ejecutivas y son muy buenas, "aunque suelen ser demasiado exigentes con sus subalternos, tanto como lo han sido con ellas mismas".
La doctora Mariana González explica que habitualmente esta mujer es la que cierra la oficina y apaga la luz. "Y de repente se da cuenta que es a la que menos le pagan. Pero no reclama, ve que está incómoda y nada hace para revertir la situación. Por su manera de ser, no se atreve a hacer cambios que prodrían favorecerla".
La historia se repite
Sobre qué hace que una persona viva permanentemente situaciones que no son gratificantes, hay distintas teorías. Desde el punto de vista biológico, algunos estudios plantean que varias dimensiones de la personalidad son hereditarias y por eso se repiten de familia en familia. La siquiatra postula que la gente masoquista o con rasgos del trastorno tiene un mal manejo de la agresión: la vuelven hacia sí misma. De eso Freud culpa al súper yo, que es como la conciencia moral que le dice al yo qué es lo correcto e incorrecto, lo que debe o no hacer. En algunos casos se les puede estructurar un súper yo muy severo, que subyuga al yo, y vivirán autocastigándose. Y eso puede pasar cuando hubo padres abusadores o muy duros y estrictos, que no tuvieron con esa hija relaciones de cariño y contención". También influye una educación demasiado restrictiva, especialmente en lo sexual, lo que es muy marcado en nuestra cultura respecto de las niñitas. A ellas, además, no se le permite exteriorizar su agresión y su rabia como a los niños.
El rol maternal suele ser muy marcador para las mujeres, señala la especialista. "Aguantar el dolor al servicio de la maternidad es un mensaje que aún lo tienen y se manifiesta en todo orden de cosas. Respecto de los hijos, estas mamás se transforman en sus verdaderas esclavas... hasta que emerge el rasgo sádico y caen en el maltrato".
En cuanto a la efectividad del tratamiento, sostiene que por lo general el especialista se topa con enormes dificultades: la paciente se resiste a cambiar. "Hay que hacerle tomar conciencia de cuánta responsabilidad tiene en sus desgracias. También hay que trabajar con ella las culpas, que es lo central en el masoquismo y que tiene que ver con el temor a ser abandonada".
El médico Raúl Riquelme reconoce que el dolor es parte de la vida humana, pero también el goce. "Hay un tiempo de pasarlo bien y otro de sufrir. Cuando la tragedia se deja caer sobre una familia, como la muerte de un ser querido o la separación matrimonial, lo natural es vivir el duelo, pero sin permitir que se trasforme en una pena masoquista. Esto se da cuando se prolonga más allá de un tiempo razonable y todo comienza a girar en torno al tema".
Ana María Egert R..